domingo, 4 de septiembre de 2016

Por qué a los jóvenes no les gusta leer

Es curioso que hace apenas un siglo la gente estuviera ávida de cultura y formación, y que en nuestros días la frase “no me gusta leer” se escuche cada vez más a menudo. Para entender las causas de esta contradicción, es necesario remontarse al pasado y evaluar el nivel de vida de la población. El despertar de un espíritu reivindicativo propiciado por las revoluciones, fue el detonante que llevó a la sociedad a hacerse preguntas y buscar respuestas. Tras la Segunda Guerra Mundial, la alfabetización se convirtió en un objetivo primario en Europa, aunque en España el franquismo censuró ciertos contenidos y enseñanzas. La democracia brindó a toda la población la posibilidad de obtener una educación laica y diversificada. Entonces, ¿qué falló?

Ahora que tenemos a nuestro alcance todos esos conocimientos almacenados en libros y en bases de datos; y con la creación de los e-book, los lectores de archivos, las bibliotecas y los centros de enseñanza; parece absolutamente ilógico que los jóvenes digan que odian leer. Es usual considerar culpables de esta situación a los medios audiovisuales: televisión, películas e Internet, principalmente. Suceso altamente irónico teniendo en cuenta que sitios Web y aplicaciones tremendamente populares basan su contenido y su funcionamiento en la escritura. Las redes sociales, aunque incorporan contenido fotográfico y permiten enlazar vídeos y audios, están desarrolladas básicamente en torno a la redacción de mensajes. WhatsApp, Facebook y Twitter; conocidos por prácticamente la totalidad de la población joven española; hacen que escribamos a diario nuestra situación y estado, además de nuestros pensamientos y reflexiones. Pero lo más importante de su funcionamiento es que permiten interactuar con personas a distancia. ¿Cómo en una sociedad en la que escribimos y leemos cientos de mensajes al día, podemos renegar de la literatura con tanta facilidad? Tal vez, poseer tantas facilidades para acceder a la información nos haya llevado a no valorar este hecho.

En ocasiones me planteo si la educación monótona e insípida que recibimos desde nuestra más tierna infancia nos obliga a convertirnos en autómatas. No deja de sorprenderme que las escuelas priven de su creatividad a los niños dedicando únicamente las horas muertas a las actividades plásticas y a la música. La unión de las asignaturas de lengua y literatura, casi siempre va en detrimento de la última. Algo que, como autora, me hiela la sangre, es ver cómo los profesores obligan a los niños y a los adolescentes a aprender de memoria las características de las obras de Unamuno, Lope de Vega o Azorín, sin haber leído ni una sola. Llaman a esa minúscula parte del temario de lengua española “literatura”, pervirtiendo de un modo absurdo su significado. Y tras doce años de aprendizaje, los adultos surgidos de esa educación no tendrán la más mínima idea de qué autor escribió qué obra. ¿Y por qué llamar literatura a un compendio tan ínfimo de obras y autores? En un trimestre se enseñan todos los movimientos artísticos; tal vez el Romanticismo solo ocupe tres clases del curso. Y cada año se dará el mismo temario. Repetir una y otra vez como loros aquello escrito en el libro de literatura es una tarea tediosa y aburrida que nada aporta al intelecto. Toda mi vida he repetido como un papagayo aquello que los profesores daban en sus apuntes sobre libros que no leía: así sacaba buena nota. Si leía por mi cuenta algunas de estas novelas, poesías u obras de teatro, y aportaba nuevas características que podía percibir, mi nota en el examen bajaba porque “eso no lo había dicho el profesor”. Probablemente él ni siquiera había ojeado la mitad de esas lecturas.

Según mi experiencia, en estos casos aún no se odia la literatura, pero uno se plantea ¿para qué leer? El alumno se ve obligado a hablar de obras que no ha visto en su vida, y los pocos libros que le mandan leer son siempre tragedias con un lenguaje antiguo y sin aclaraciones que lo hagan comprensible; dar una sincera opinión sobre lo escrito, si es negativa, repercute de mala manera en su evaluación final... Y todos los autores son varones, clásicos y españoles. ¿Qué hay de Julio Verne, Lord Byron, William Shakespeare o Franz Kafka? Autores que solo conocemos de oídas porque nuestro sistema educativo no nos permite acceder a ellos. ¿Y qué sucede con J. K. Rowling, Suzanne Collins y Stephanie Meyer? Mujeres escritoras que han surgido en este siglo y cuyos libros son los más vendidos y conocidos, pero que nunca comentaremos en clase.

En definitiva, si todos los libros que un niño lee en su infancia son iguales, oscuros e ilegibles; automáticamente se alcanza un desprecio por la palabra escrita. Es necesaria la variedad, la lectura tutelada por un profesor que haga que sus alumnos piensen, recapaciten y desarrollen su sensibilidad y su imaginación.

Aun así, hay que concederles cierta tregua a los profesionales de la enseñanza. Las editoriales son también culpables de esta depreciación de los tomos y las colecciones, puesto que, en su crisis económica particular, el precio del libro impreso no deja de aumentar. Las reglas básicas de la economía nos hablan de la Ley de Oferta y Demanda: cuanto mayor sea la cuantía del libro, menos serán las personas dispuestas a comprarlo; y, por tanto, el precio tendrá que aumentar de nuevo, y aún menos personas querrán (podrán) comprar libros. ¿Podría volver a producirse un clasicismo cultural que limite la obtención de libros y conocimiento a unos pocos privilegiados? Sobre todo teniendo en cuenta esas voces que se alzan desde ciertas instituciones políticas proponiendo la privatización de las bibliotecas.

Curiosamente, todo esto sucede en una atmósfera de malestar social y económico, en el que las manifestaciones y los movimientos radicalizados son el pan de cada día. Panem et circenses, televisión que en lugar de informar y dar datos para que la gente cree sus propias opiniones elabora una agenda que dice en qué debemos pensar y sobre qué tenemos que preocuparnos. Conforme perdemos datos, perdemos criterio, y sin él volvemos a ser muñecos uniformados bajo una democracia que se volatiliza ante nuestros ojos, mientras nos preocupamos por tener un coche mejor que el del vecino, o por encajar en grupos políticos de los que no sabemos ni cuál es el sueldo de sus gestores. La falta de libros es la falta de inquietud, de sabiduría, de curiosidad y de empatía.

Pero siguen escribiéndose libros, mas, ¿de qué tipo? Los libros de fantasía y ciencia ficción son considerados un mero producto infantil y sus valores son menospreciados por los adultos, que tratan de buscar lecturas eróticas o de contenido profesional. Tal vez entretenidas y didácticas, ciertamente, pero la variedad en los géneros es la pluralidad en los principios morales adquiridos. Sería hermoso un mundo en el que cualquiera pudiera escribir, siempre y cuando tuviera un motivo moral para hacerlo. A mi entender, bajo este precepto no se incluyen autobiografías de personas ricas y famosas que ni siquiera las escriben por su cuenta, sino que se las mandan escribir a otra persona en su lugar. Tampoco libros escritos por exigencias de la profesión, ya que muchas personas con renombre en la política o en las ciencias de cualquier tipo parecen sentir la obligación externa de almacenar su experiencia en libros, aún sin sentir un especial interés en hacerlo. Y, por último, debo confesar que siento una ligera aversión por las personas que convierten la escritura en un negocio y venden los párrafos al peso.

Mientras todos estos libros a los que me voy a permitir llamar vulgarmente “infumables” llenan los estantes de best-seller en las librerías, la cantidad de personas que logren recordar alguna de sus líneas se van reduciendo. Pues el consumidor es culpable de comprar el nombre del autor en lugar del libro: un libro mediocre escrito por un presidente o un actor incitará a una mayor curiosidad y contará con mejores contratos de promoción que un montón de pequeños artistas a los que la gente llama “muertos de hambre”.

Y, ¿cómo no va a haber muertos de hambre si desde que eres pequeño te dicen que no puedes vivir de la escritura? Ni siquiera hace falta vivir de ello, en mi opinión, pero al menos es necesario que se ofrezca una oportunidad. El que escribe, normalmente lo hace de forma vocacional porque tiene algo que contar, y el éxito es algo secundario. Pero los concursos literarios siempre están altamente restringidos, especialmente contra los menores de edad. Caso curioso que tienen en común los concursos de alto prestigio y los de pueblos pequeños y poco conocidos es aquel en el que los amigos y familiares del Jurado ganan todas las ediciones. Acceder a las editoriales es prácticamente imposible si no se ha publicado ningún otro libro o ganado una cantidad enorme de concursos anteriormente. Los editores mandan al autor sacrificar su obra borrando capítulos y cambiando el perfil de sus personajes para ahorrar en costes de corrección y hacerlo más atractivo para los compradores. Y para colmo, los contratos más generosos solo otorgan al escritor alrededor de un 5% de las ganancias.

La vida empeora, y los libros siguen la misma trayectoria, sin saber cuál de los dos declives fue causa y cuál efecto. Entonces, a mi entender, solo hay una solución: cambiar el mundo o cambiar los escritos. Muchas obras realmente lo revolucionaron todo, desde la Biblia o la Torá hasta la Constitución; los cuentos que dijeron que las princesas no eran solo amas de casa sumisas, sino heroínas conquistadoras; las novelas que auguraron que podían existir tecnologías que pusieran a un hombre en la Luna... Inspirar a las nuevas generaciones es el mayor deber de los ciudadanos. Leer y/o escribir es enseñar a pensar y a sentir. Y en mis sueños ansío ver el mundo cambiar a base de verter tinta en vez de sangre.

Este texto lo publiqué por primera vez en academia.edu. Formó parte de mi trabajo final de la asignatura Comunicación Oral y Escrita en la Universidad Carlos III. Recibió una calificación de sobresaliente.